Ganador del XXII Concurso Literario Bretón de los Herreros en la modalidad Adultos Queleños

— Sara Pascual Sáenz

Ganador del XXII Concurso Literario Bretón de los Herreros en la modalidad Adultos Queleños

EL AMIGO

Mateo dejó  en  el  suelo  los  aperos  de  labranza  al  oír  a  su hermana pequeña, Soledad, que venía corriendo por  el camino  que conduce  a  la Peñuela,y lo llamaba a gritos:

-iMateo, Mateo!

Algo agitada, jadeando, le dijo:

-Tienes que volver a casa.  Padre dice que te vas a la guerra.

Esa noche, durante  la  cena, ninguno  de los  cuatro  habló  mucho.  Todos sabían lo que significaba aquella carta procedente del Gobierno  Militar de Logroño; Mateo debía incorporarse a filas con su reemplazo  en dos días;  había cumplido ya dieciocho años.

La guerra  para él hasta ese instante  había sido algo cercano y remoto a la vez. Recordaba  los  últimos días  de Julio  del  36, viendo  desfilar  por  el pueblo a falangistas y requetés  que proclamaban a gritos su adhesión a la sublevación   militar, y  concluían  sus  soflamas   con  un  sonoro:   iArriba España!

Luego  vinieron    los   disparos, las huidas,   y,   finalmente,  la tranquilidad.  El pueblo, Quel, quedó  en la retaguardia, languideciendo, y nunca más se escuchó un solo disparo. Únicamente  el tráfago  de camiones militares, atravesando  la villa  camino  de algún  frente, mantenía  vivo  el recuerdo  de la guerra.  El padre  de Mateo, republicano y católico, había decidido  mantenerse   al  margen  de cualquier postura  política  desde  el inicio.  Lo hacía para proteger a su familia.

 

La hermana miraba a Mateo con un gesto sonriente de admiración.

-¿Vas a matar a mucha gente? -Le preguntó con la inocencia de sus once años.

-iCállate, Sole! iEso ni en broma lo digas! -La recriminó su madre.

 

II

Mateo esperaba con una pequeña maleta en el apeadero de la estación de ferrocarril de Que!, cuando oyó que alguien lo llamaba por su nombre.  Era  Paulino, vecino y compañero de juegos de la niñez.  A él también le había llegado la carta   del     reemplazo.    Ilusionados    por    el   encuentro,  emprendieron juntos  el viaje  en tren,  acompañados  por  un  sargento; primero a Calahorra, y de ahí a Logroño.

En el patio del cuartel de Infantería de la capital riojana, Paulino, Mateo,y doscientos jóvenes más, escucharon la unidad del ejército  a la que irían destinados.  La alegría  de  imaginar  que  no  se  separarían  duró  para desilusión de ambos muy poco, el tiempo hasta que un capitán se acercó a Mateo, lo observó detenidamente, y sentenció:

-Éste tiene buenas orejas. Es perfecto para localizar las minas de los rojos. Se va a Madrid.

Mateo  no volvería a ver nunca más a Paulino. Un obús terminaría con su vida en las postrimerías de la batalla de Teruel.

Después de  tres  semanas de  instrucción  en  el  cuartel, con  carreras, ejercicios, y prácticas de tiro  con fusil, y tras un interminable  viaje por tierras    de    Castilla,   Mateo     y     los    demás    soldados     llegaron    al acuartelamiento de Ávila.

A la mañana siguiente, de madrugada, una larga fila de camiones, donde se hacinaban  en  sus  remolques  traseros  cientos  de  muchachos  casi imberbes,  arrebujados  en  sus capote-mantas  para  protegerse  del frío invernal,  y  en  cuyas  caras  podía  leerse  un  temor   mal  disimulado, emprendió el último trayecto hacia el destino final: el frente de Madrid.

 

Era mediodía  cuando  entraron  en un  bosque tapiado, y el convoy  se detuvo  en  una  cercana  explanada.  A voces los  hicieron  bajar  de  los camiones, formar  en dos largas filas, y finalmente  separar por grupos. Un oficial se acercó al de Mateo, y con un gesto solemne y serio, propio de las grandes ceremonias,les dijo:

 

-Estáis en la Casa de Campo,en el frente, a escasos metros del enemigo. A partir  de ahora deberéis tener el máximo cuidado para que no os maten. Quizá alguno piense que ha tenido suerte, que éste es un frente tranquilo, lejos de las batallas. Efectivamente, no  estáis combatiendo  en Aragón, pero eso no quita para que los soldados de las trincheras de enfrente  os disparen.

Hizo una pausa,y continuó:

-Desde ahora pertenecéis al batallón  de zapadores, y vuestra misión es importantísima; consiste en descubrir a esos malditos  mineros  que han traído  de Asturias, y que cavan túneles  y colocan minas a escondidas debajo de nuestros traseros para  que saltemos por  los aires.  Conocen muy bien su oficio, y se han cargado a un montón  de nuestros mejores combatientes  desde que llegamos a las puertas de Madrid.  Se os proporcionará  un vaso de latón  con el que escucharéis a través de las paredes de las galerías subterráneas. Hay que localizarlos antes de que hagan estallar sus minas. Tan importante es el vaso como vuestro Máuser.

 

El batallón de Mateo cubría una de las áreas más batidas y castigadas de la Casa de Campo y Ciudad Universitaria, la comprendida  entre  la Casa de Vacas y el Puente de los Franceses. Una tierra calcinada, baldía, de color ocre y de un hedor fuerte azufrado, con escuálidos troncos violentamente talados y renegridos allí donde no hacía mucho florecían pinos, encinas, y frondosos matorrales, era el resultado de una de las más feroces batallas libradas desde que comenzó la guerra. Por todas partes se veían fortines y casamatas de cuyas troneras asomaban fusiles y ametralladoras. Una larguísima e intrincada red de zanjas y nidos conectaba la retaguardia del bosque con las posiciones más avanzadas, a escasos metros  del ejército republicano: eran las trincheras del frente de Madrid.

 

Un soldado que había sido asignado al mismo batallón que Mateo  corrió delante de él a mirar por un resquicio a modo de aspillera entre los sacos terreros   que  conformaban   el  refuerzo  superior   de  la  trinchera.   De improviso cayó de espaldas, inerte, con un agujero negro en la frente por el que no paraba de brotar sangre. Mateo, horrorizado  e inmóvil, clavó su mirada  sobre él. Apenas escuchaba la voz del sargento, quien, a gritos, pedía que retiraran  corriendo  el cuerpo y lo trasladaran, al tiempo  que cuatro o cinco veteranos    se             precipitaban                sobre                     otras     aspilleras, comenzando un intercambio  de disparos con la trinchera de enfrente que duró unos pocos minutos. Era la primera vez que Mateo  veía morir  a un hombre, y,  aunque  sabía que  la guerra  iba  de  eso, de  hombres que  se mataban entre ellos,no pudo impedir que todo su cuerpo se estremeciera al ser testigo de este episodio. Nunca en toda su vida lo olvidaría.

 

-¡Una bala perdida! -fue el comentario que escuchó Mateo de un soldado espigado, de tez pálida,y de finos ademanes,que se le acercó poniéndole una mano sobre su hombro. Y añadió:

 

-Suele ocurrir  cada vez que vienen destacamentos con nuevos reclutas. Aunque les advierten  del peligro  de asomarse, siempre hay alguno que inconscientemente   lo  hace… Me  llamo  Rafael; estamos  en  el mismo batallón -y le tendió la ma no con una media sonrisa. Las circunstancias de ese momento no invitaban a más.

 

-¿Quieres un poco de café? -le preguntó Rafael. Mateo  sintió una fuerte arcada, se giró bruscamente,y arrojó por la boca todo el rancho sin digerir de la mañana.

 

III

 

A partir  de aquel día, a Rafael y a Mateo  se los vería siempre  juntos. Rafael, veterano de más de nueve meses en ese frente, le enseñó toda la técnica         para  localizar  los  sonidos  procedentes   de  las  galerías  que excavaban los mineros republicanos. le mostró la impresionante  vista de la urbe de Madrid  desde los cerros y altozanos de la Casa de Campo. le narró las historias de los primeros combatientes que llegaron a las puertas de Madrid  en el otoño  del 36, las mismas que a él le habían contado los verdaderos  protagonistas  de esos hechos. Compartían juntos el rancho, los  momentos  de  ocio, y  frecuentemente actividades  tales  como  “la escucha”  a  lo  largo  de  la  zona  del  frente que  habían   asignado  a  su batallón.

 

Rafael le contó  que su familia  estaba separada en las dos zonas del conflicto: su padre y un hermano escondidos en algún lugar en la ciudad de Madrid, y el resto de la familia en Valladolid. Se emocionaba revelándole a Mateo que su aspiración en la vida era hacerse abogado y llegar un día a ser juez, como uno de sus tíos. Rafael hablaba y hablaba de sí mismo y sus monólogos parecían no tener fin. Mateo lo escuchaba con admiración. Se sentía afortunado de haberlo conocido. Prestaba mucha atención a todo lo que le contaba y sonreía felizmente.

 

-Bueno, ¿y tú qué…? No me has contado nada de tu vida -le preguntó repentinamente   un  día  Rafael, interrumpiendo   uno  de  sus  largos soliloquios.

 

Mateo se azoró y dudó por un momento. Luego, titubeando, comenzó diciendo:

 

-Vengo de un pueblo del norte…,cerca de Logroño; se llama Quel.

 

Mateo no sabia si continuar hablando de él mismo y de su pueblo. Pensaba que a alguien tan importante como Rafael le resultaría aburrido todo aquello. Bajó la mirada tímidamente, y calló.

 

-Pero,cuéntame más,chaval-lo reprendió Rafael con una amable sonrisa.

 

-Es un pueblo pequeño -continuó Mateo-. Pero, es muy bonito. Hay una preciosa peña, y un castillo en lo alto de ella desde donde se ven todas las casas.

 

Y,   venciendo    su   apocamiento,     Mateo     comenzó    cada   vez    más entusiasmado a describir el pueblo y a relatar cómo era su vida en él. Habló del trabajo  en la huerta y en la era, del trillar, del escardar y sarmentar,de las caballerías que había que albardar, de…

 

-iEspera, espera! -le interrumpió Rafael con una risotada-. No me entero de nada con todas esas palabras que utilizas. Debe ser fantástico. Pero, a ver, vayamos a lo importante: ¿hay chicas guapas en Que!? Seguro que le habrás echado el ojo a alguna.

 

Mateo volvió a azorarse y a bajar la mirada, y, con una sonrisa dibujada en su cara encendida, le  confesó  a Rafael que  en  realidad  sí había una muchacha, Esperanza, que le gustaba mucho, pero  que no se atrevía a decirle nada de momento.

 

Rafael le guiñó un ojo, diciéndole con guasa:

 

-No te preocupes, compañero; como dice el refrán, la esperanza es lo último que se pierde.

 

IV

 

Habían transcurrido tres meses desde que llegó Mateo al frente de la Casa de Campo, cuando el sargento una mañana reunió  al pelotón  de doce soldados al que pertenecían él y Rafael,y les dijo:

 

-Oíd. Tenemos una misión  muy  importante.  Esta noche cruzaremos  el Manzanares  y  subiremos  al  Hospital  Clínico.  Nos  han  llamado  para localizar a través de las paredes de sus sótanos posibles colocaciones de minas por parte del enemigo. Coged el fusil, dejad el gorrilla, y poneos el casco. Tú -señaló a uno de los soldados- llevarás el cajón con el geófono.

 

A las once de la noche el pelotón  abandonó la trinchera y descendió por un talud hasta un angosto puente de madera reforzado con planchas metálicas y sacos de arpillera  que cruzaba el río Manzanares. El sargento

 

les hizo un gesto para que se detuvieran y se agacharan, y casi susurrando les dio instrucciones para cruzarlo:

 

-Debéis  atravesarlo  corriendo   de  dos  en  dos. Si el  enemigo  no  nos descubre y no nos dispara, lo haremos cada minuto. De lo contrario, esperad nuevas órdenes.

 

Gracias a la oscuridad de aquella noche nublada, se cruzó sin consecuencias la  que  era conocida  aciagamente como  “pasarela de la muerte”.

 

Al otro  lado del río dos soldados centinelas indicaron  al pelotón  que se aproximaran deprisa a un muro de mampostería y cemento que protegía el camino de ascenso al hospital Clínico.

 

No habrían caminado cien metros cuando se introdujeron por una enorme boca abierta en la tierra  que daba a una inmensa galería. Mateo  nunca había visto nada igual; una fantástica obra de ingeniería subterránea los condujo a través de un enmarañado dédalo de ramales interconectados hasta la misma planta baja del hospital Clínico. Allí, decenas de soldados callados, taciturnos,  se aferraban  hieráticos  a fusiles  y ametralladoras cuyos cañones salían hacia el exterior por ínfimas oquedades. Ni siquiera se giraron para mirar  a Mateo y al resto del pelotón. Entre los soldados destacados en este lugar, Mateo se fijó en unos que eran muy distintos del resto. Sus semblantes de dureza y sus rostros salpicados de heridas mal cicatrizadas reflejaban el horror  que habían vivido. Rafael le susurró al oído:

 

-Son legionarios de la X Bandera. Están aquí desde que se tomó el hospital hará un año y medio.

 

Un oficial se acercó al pelotón,  y, con las mismas palabras del sargento, volvió  a insistir  en la importancia  de detectar  a través  de las paredes cualquier  actividad  de los mineros  del ejército  enemigo. Se sospechaba que planeaban nuevamente  la voladura  de alguna sección del hospital, pero  no sabían dónde. Seguidamente se asignó a cada uno de los doce soldados del pelotón una zona de escucha de unos doscientos metros de pared en los sótanos del edificio. A Mateo le correspondió  una porción del ala norte del colosal recinto. Durante dos horas,Mateo, como si fuese un experto galeno        frente  a  un  dorso desnudo,  fue   auscultando minuciosamente con su estetoscopio de latón cada metro del tabique.

 

Serían cerca de las cuatro de la madrugada, cuando Rafael vino corriendo al encuentro  de Mateo  para comunicarle  que, por  orden  del sargento, deberían en cinco minutos estar agrupados en formación en la planta baja para abandonar  el hospital. Amanecería en una hora y media, y debían aprovechar la oscuridad para regresar a las trincheras. Pero, justo en ese instante, Mateo  hizo un ademán con la mano a su compañero  para que callase;creía haber escuchado algo. Presionó con fuerza su oreja a la base del vaso, y, con un gesto de asombro,exclamó con rotundidad:

 

-iHe oído ruidos al otro lado!

 

En pocos minutos llegaron el sargento y el oficial que horas antes se había dirigido  al pelotón. Este último  aplicó las dos pastillas del geófono  en el suelo contiguo a la pared indicada por Mateo, y, tras unos interminables segundos, se quitó los auriculares,frunció el ceño, y dijo:

 

-Están picando y arrastrando con carretillas la tierra. Están muy cerca, a unos seis metros. Posiblemente coloquen la mina en dos ó tres horas. Hay que actuar lo más rápidamente posible -Y, dirigiéndose a Mateo,le dijo:

 

-iBuen trabajo, muchacho! Has salvado la vida de estos valientes.

 

Lo miró fijamente,y  agregó,mientras movía su cabeza afirmativamente:

 

-Te propondré para una condecoración.

 

El sargento  y los soldados del pelotón  se apiñaron  en torno  a Mateo dándole la enhorabuena y abrazándolo. Pero, la alegría no le duró mucho tiempo  a Mateo, al ver que uno de ellos no le había felicitado; todo  lo contrario,se había separado del grupo dándole la espalda. Era Rafael.

 

V

 

En las semanas sucesivas la relación de Rafael y Mateo pareció enfriarse. Compartían el mínimo posible de actividades, y apenas Rafael le hablaba, a pesar de los tímidos  intentos  de entablar  conversación  por  parte  de Mateo.  A veces Rafael lo llamaba displicentemente  “héroe”  al dirigirse a él. Un día Rafael se sinceró y brevemente le explicó:

 

-Te he enseñado todo  lo que sabía para ser un buen escucha, y al final el premio te lo dan a ti. ¡Hay que fastidiarse!

 

El azar quiso que una semana más tarde les asignaran a ambos el puesto de centinela nocturno  en una de las zonas más peligrosas del frente  por estar fácilmente expuestos al fuego enemigo, la que llamaban “la curva de la muerte”. Era necesario extremar todas las precauciones porque desde el Puente de los Franceses eran un blanco fácil.

 

Aprovechando la circunstancia de pasar unas horas juntos aquella noche, Mateo le dijo a Rafael con voz entrecortada:

 

-¿Sabes una  cosa,  Rafael? Yo  nunca  había  tenido   amigos  antes  de conocerte. En mi pueblo me puse a trabajar desde niño para ayudar a mi padre, y no tenía casi tiempo para salir y divertirme  con los otros chicos. Los conozco, sí, pero  no  son amigos, amigos… como tú  -calló  por  un momento,y prosiguió- Yo no quiero la medalla, si eso te enfada.

 

Rafael bajó la mirada, pero no contestó. Echó mano de un cigarrillo debajo de su capote,y,cubriendo con el cuenco de su mano, encendió un fósforo que le iluminó  su cara. Un chasquido metálico  apenas perceptible  en el silencio de la noche hizo que Mateo se abalanzara con pavor sobre Rafael empujándolo  al suelo, al tiempo  que se oía un disparo seco y notaba un fuerte aguijonazo en un costado. Llevó su mano derecha al lugar del dolor, y sintió la humedad de la sangre. Comenzó a notar frío,y más frío en todo su cuerpo, y un letargo progresivo que no podía resistir. Lo último  que escuchó antes de perder el conocimiento fue la voz de Rafael que lloraba y gemía:

 

-iMateo, Mateo, amigo,por favor no te mueras…!

 

VI

 

Mateo abrió los ojos soñolientamente, como si le pesaran los parpados. Y sintió  dolor  en su costado izquierdo, en donde le habían herido. Tardó unos pocos segundos en darse cuenta de que estaba en un hospital: la cama en la que estaba acostado, los otros enfermos convalecientes, y el personal  sanitario  vestido  de  blanco.  Averiguó  gracias a una  enfermera que se encontraba en el hospital de sangre de Móstoles; que le habían intervenido   urgentemente  en  el  hospital  de  campaña  de  la  casa  de Campo,y trasladado posteriormente allí.

 

-Por fin te has despertado. Llevabas casi una semana inconsciente -le dijo un capitán médico, mientras hojeaba el informe  del paciente de ese día. Levantó la sábana que lo cubría,y observó la herida de Mateo.

 

-;va bien,soldado! De ésta no te mueres -Le guiñó un ojo, y añadió-, en un mes vuelves al frente.

 

Una tarde, mientras aún convalecía, le anunciaron una visita: era Rafael. Se sentó al borde de la cama de Mateo, le cogió la mano con las suyas,y le dijo con una amplia sonrisa:

 

-;Hola, amigo! No sabes lo feliz que me hace verte, y que estés vivo. Mateo  le devolvió la sonrisa, y esa palabra mágica en labios de Rafael, “amigo”,lo inundó de felicidad.

 

Pasaron los meses. Rafael y Mateo  comenzaban a ver que la guerra se acercaba a su fin. Algo impensable hacía tiempo  ahora era una realidad: los soldados de ambos bandos salían de vez en cuando de sus trincheras y fraternizaban,  bien  jugando  al fútbol  o intercambiándose  comida  (pan, latas de sardina, coñac, etc.). Y  llegó un día en que toda  la tropa  del ejército  republicano  abandonó  las trincheras; dejaron  las armas en el suelo y, moviendo  sus manos desde lejos, saludaron a los soldados de enfrente y regresaron a Madrid.

 

Rafael y  Mateo  entraron  en la capital formando  parte  de uno  de  los regimientos   que   competía   por   ser   el   primero    en   llegar.   Mateo, asombrado, boquiabierto,  observaba esos grandes edificios, muchos desmoronados formando  una triste  escombrera. No  había  sido verdaderamente  consciente del horror  de la guerra  hasta que pisó las calles de Madrid.

 

Al romper filas, la población civil se echó encima de ellos, abrazándolos, besándolos, regalándoles flores. Rafael, con  lágrimas recorriendo  sus mejillas, estrechó con fuerza a Mateo, como si quisiera hacer eterno ese instante.  Mateo  nunca había sentido  tanta  felicidad.  Recordaba las palabras de su hermana Soledad, y se alegraba de no haber tenido que matar  a  nadie.

Pero, por  encima  de  todo,  se  sentía infinitamente afortunado porque tenía un amigo de verdad.

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