Ganador del XXII Concurso Literario Bretón de los Herreros en la modalidad Adultos Riojanos

— Ernesto Tubía Landeras

Ganador del XXII Concurso Literario Bretón de los Herreros en la modalidad Adultos Riojanos

El Dique

Los robledales que rodeaban el pueblo, como en un abrazo, eran uno de los muchos páramos de una belleza extraordinaria con los que contaba el pueblo, pero ni de lejos eran los más visitados. Incomprensiblemente, tanto los oriundos como los forasteros, que convertían la apacible aldea en un trajín de motocicletas, conversaciones telefónicas voz en cuello y músicas estridentes, parecían preferir el parque del centro, los jardines que rodeaban el frontón municipal o el cerro que coronaba la villa, donde se ubicaban viejas cuevas reconvertidas en frescas bodegas. Rincones más cercanos  al núcleo de Páramo del Glera, la villa en la que,  de principio a fin, había transcurrido y transcurriría, la vida de Carmen. Una mujer que con más de siete décadas a su espalda, no había visto transcurrir los días en otro escenario que no fueran las breves calles de su aún más breve pueblo. Uno de esos lugares, bellos pero claustrofóbicos, como la jaula de oro del famoso cuento, donde el trajín de minutos, horas, días, semanas, años…sólo se diferenciaba por la suma de arrugas de quien los contaba con desidia.

Mientras avanzaba por los senderillos que precedían a los robledales, Carmen se preguntaba hasta qué punto hubiera podido cambiar su vida, si hubiera abandonado de moza la tranquilidad del pueblo, para establecerse  en la ciudad. La ocasión  se le había presentado  cuando apenas acababa de desprecintar la mayoría de edad, y los Sonseca, un matrimonio de Valladolid, quisieron contratarla  como servicio doméstico. Sin embargo, y a pesar del enojo de madre, que veía con buenos ojos que su hija viera el mundo que se extendía más allá del pueblo, Carmen prefirió quedarse en el único lugar que conocía, apacentar a las bestias de tiro en la era, limpiar alubias en otoño, recortar sarmientos  en los meses fríos y alimentar a las reses durante la estabulación. Sí, Carmen eligió quedarse en el pueblo, donde estaba toda su familia o sus amigas de infancia, Margarita y Teresa. Y Simón, también estaba Simón. Y aunque eso poco le afectara al ritmo de los suspiros, no podía desdeñar que su destino estaba predispuesto a su lado. Por más que por aquel entonces le pesara.

Simón era uno de los pocos mozos solteros de la villa en edad de casar. Al igual que Margarita, que ennovió con el hijo del boticario, o de Teresa, que hizo lo propio con Tomasín, ella debía aceptar la pedida que, no en pocas ocasiones, el joven había insinuado, tanto a él como a su padre. Era un buen chico; amable, trabajador y formal, no gastaba donde no debía y el cinturón siempre estaba rodeando las hebillas del cinturón. Que en la época ya era mucho decir. Desde chicos las familias parecían haber acordado el casorio, como lo mejor para ambos apellidos. Al ser los Torres una familia de labradores, y los Hernández poseedores de dos molinos, el acuerdo entre patriarcas parecía de lo más provechoso. Aunque para ello nunca se hubiera contado con la palabra de los supuestamente interesados.

Con el paso del tiempo empero, y una vez hubo decidido Carmen  que sumaría arrugas en el pueblo, asintió con la cabeza en un ademán lento, y no demasiado alegre, cuando en vísperas de San Roque, Simón pidió su mano a la hora de la cena, y frente a toda la familia. Un gesto más allá de lo cortés o respetuoso. Pues hacerlo de ese modo, mientras el fuego crepitaba en la lumbre y todo el apellido esperaba la respuesta de Carmen,  parecía someterla a un juicio mayor; ese mismo al que su padre le había confinado en más de una ocasión, y que dictaba que si para la segunda década no había colocado entre sus brazo un nieto, la entregaría a las ursulinas, para que hicieran de ella, al menos, una devota y religiosa hermana.

Quizá únicamente aceptó por esa misma y real amenaza. Sin embargo, con el paso de los años, para qué negarlo, aprendió a amar a Simón. Así, sin más, por mera costumbre.

Se casaron a los dos años de ennoviar,  y otro par después llegó Elena y más tarde, apenas transcurridos once meses, se sumó a la familia el pequeño Jonás.

Para entonces Carmen  ya afirmaba para sus adentros que amaba a Simón, que le quería y se sentía afortunada de poder contar con un hombre como él a su lado. Virtudes  no le faltaban. Todas las que se le adivinaban en la mocedad se dieron por buenas con el paso de los años. No sólo era un hombre bueno, trabajador y de hogar, además era generoso, un padre excelente y más tarde, un abuelo dedicado, cuando llegaron Ginés, Braulio, Tomasa y Renato.

Con la condición de abuelos sumada a sus currículos, ambos habían comenzado a decorar sus rostros con tantas arrugas como horas al sol, y sus ojos se habían agrisado, perdiendo parte del brillo de antaño. Para cuando ambos cumplieron con espacio de un par de semanas, los setenta, la niña que asintió ante la propuesta de matrimonio de Simón ya sólo espejeaba en sus recuerdos más difusos, aquellos que nimban entre la neblina de la desmemoria.

¿Había amado a Simón durante toda su vida, se consideraba afortunada por haber podido compartir su vida con alguien como él, acaso no hubiera sido bastante peor su elección si hubiera llegado a darse? Quién sabe, probablemente  sí, y sin embargo, esa certeza que le azotaba  la entereza cada domingo a mediodía, no impedía que recién estrenada esa década, sometida ya a los achaques propios de la senectud, le fuera  infiel. Así, sin más, cada domingo al atardecer. El motivo por el que, ya en el ocaso de la vida, se había desmoronado en otros labios tan añejos y en otra piel igual de cuarteada que la suya, tan sólo podía explicarse en un brillo titilante que de vez en cuando refulgía en sus pupilas. Exactamente cuando en unos ojos contrarios veía reflejada a la muchacha que un día fue, y a la que le condicionaron el camino. ¿Era acaso su infidelidad una forma de vengarse de la vida que había llevado por imposición? No lo

creía. Simplemente había encontrado  con siete décadas sobre su encorvada espalda, el motivo para que su corazón latiera por algo más que por mera costumbre, y a ello se había encomendado, como si en el futuro no hubiera más horizonte que dejase recorrer por aquellos dedos sabios, ni más sentido en el día a día, que esperar la llegada de cada domingo, para escabullirse entre besos clandestinos de una realidad que por acostumbrada, no dejaba de ser menos insatisfactoria

¿Simón merecía que le fuera infiel? La respuesta, obviamente, era que no. Pero a él le había dedicado sus mejores años, los de esplendor. Se entregó siendo poco más que una niña, y durante toda su edad adulta siempre fue una esposa modelo, o al menos lo que las arcaicas costumbres del aún más arcaico pueblo, tomaban como estándar. Además siendo egoísta por primera vez en su vida, y así minimizando el dolor que sentía al saber que engañaba a su esposo, ella no había sido capaz de elegir su propia vida. Qué podían reprocharle porque en los últimos años se permitiera la licencia de sentir que sus labios habían nacido para besar sin remordimientos, que sus abismos -ya secos, por desgracia- fueran visitados en paseos furtivos, o que sus pechos, hundidos como enormes bolsas de té húmedas, fueran rescatados del naufragio de la tercera edad, entre abrazos, para dejar sobre ellos el húmedo sendero de una lengua redentora. Nadie debía haber dicho qué y hacia dónde tenía que encauzar su vida. Así que, convertida en una anciana, no iba a dejar que los fantasmas de la culpabilidad le susurraran la inquina de su pecado, simplemente porque no lo consideraba corno tal. Ninguna elección libre, y más en el sinuoso sendero de la pasión, debería serlo.

 

Así, cada domingo cuando se acercaba la hora del almuerzo, que era como llamaban en el pueblo al mediodía, y mientras la iglesia de  San Roque acumulaba píos devotos, que  rodilla en tierra se persignaban  por las trapacerías cometidas durante el resto de la semana, Carmen se ajaba su mejor vestido,  se perfumaba, tomaba el bastón y salía hacia los robledales. Allí, en mitad de ellos, junto al riachuelo que bendecía la secuencia, como en un cuadro de Boucher, se emplazaba la antigua casucha de pastoreo donde se entregaba a la pasión. Y lo hacía, cómo no, maldiciendo no haberlo hecho antes, en su mocedad, cuando la piel estaba en su sitio, la tensión no había dado paso a la flacidez, y el sexo era algo más que arrumacos apergaminados, caricias que no siempre  lograban  exhalar  un suspiro  y promesas  de amor eterno.  Lástima  que dicha eternidad se encontrara con una fecha de caducidad tan cercana; solían pensar mientras se abrazaban con los cuerpos desnudos, en el interior de la caseta. En aquella pequeña choza, en la que el tejado se había desplomado, las paredes se abrigaban con el desigual recorrido de la yedra, y que sin embargo les parecía el más lujoso de los hoteles, la más amplia de las habitaciones, la más cómoda de las camas. Era su lugar en el mundo. Puede que lo hubieran encontrado tarde, cuando entre ambos corazones sumaban más de ciento cuarenta años, pero no pensaban procrastinar aún más el sentido de sus latidos. Puede que les quedaran pocos besos por regalarse, aún menos abrazos en los que refugiarse y aliento ajeno que rescatar, pero mientras pudieran mirar el sol que les sonreía  a través del derruido  tejado, cómplice  de sus aventuras, podrían sentir que al fin tenían un motivo real para sentir la pasión que durante tantos años habían encadenado.

Era aquel un típico domingo de julio, con un sol de justica gobernando  un cielo límpido, donde hasta las aves buscaban la sombra de los aleros en los tejados. Un calor sofocante que no consiguió empero, que Carmen olvidara su puntual cita de cada domingo. Y mientras cruzaba entre los hierbazales que precedían a los senderillos de los robledales, la anciana agradecía la sombra con las que las frondosas copas de los árboles, protegían a los animales del bosquecillo, y por supuesto, a amantes con ansias de seguir siéndolo.

Siguió caminando hasta el arroyo que recorría la sombra hasta el claro donde se encontraba la caseta, y antes de alcanzarlo, cerca de un meandro tras el cual la corriente tomaba  brío, escuchó algo que hizo que la sonrisa  de sus labios se petrificase y sus pasos se ralentizaran. Triste y abatida,  avanzó  los últimos  metros  bordeando unos robles hasta  el claro del meandro, desde el que se escuchaban unas joviales y alborotadas carcajadas infantiles.

-¡Carmen, Carmen, Carmen también nos podrá ayudar! -bramó la voz chillona de Lucía, que  con los pies  hundidos en mitad  del  arroyo,  colocaba  una pesada piedra  sobre otras, en lo que parecía  ser un incipiente dique.

-¡Qué bien, nos va a quedar  genial! -chilló del mismo  modo  Boni, su hermano  pequeño,

mientras hacía rodar una piedra, desde los arbustos hasta el arroyo.

Carmen se asomó  al claro desolada Allí, a apenas  unos  metros,  parcialmente oculta  por la severidad  con la que la maleza había reconquistado sus tierras, la casetucha vestida de yedra se le antojaba lejana,  inalcanzable. Poco importaba cuánto  esperase allí, o que tratará de rodear a los chiquillos por el margen del arroyo, para luego volver hasta el cobertizo por las traseras. Aquel rincón  acababa  de perder  su habitual  intimidad y los besos,  esos  que  cada  domingo  lograban inocularle la alegría  suficiente, como para sonreír  hasta  pasada una semana, se había mutado en un imposible.

La derrota, impresa en el rostro  de la anciana,  le ensombrecía la emoción que había  lucido hasta tan solo un instante  atrás. Cuando  se presentó en el arroyo, observando de cerca como los dos niños, de seis y siete años, edificaban aquel dique en mitad del arroyo, parecía que los años hubieran acudido  a ella, con prisas.

-¿Pero qué hacéis  aquí solos, almas de cántaro? -les preguntó  con el gesto torcido  y brazos en jarras- Puede  que no cubra mucho,  pero no es lugar para que dos niños tan pequeños anden solos. Y mucho menos haciendo barrabasadas  como esta. ¿Dónde está vuestra yaya?­

les preguntó, agitando el dedo índice al aire.

-Aquí hay un trozo —contestó una voz, cansada, por detrás de la maleza.

Teresa apareció entre el hierbazal, cargando con varias piedras sobre su exagerado pecho. Las mejillas, rollizas y rusientes, lucían un achicharrado  color cobrizo, por el esfuerzo de trasladar las rocas hasta el arroyo. Con cuidado, al alcanzar la orilla del riachuelo las dejó caer sobre sus pies, y sus  bisnietos se lanzaron sobre ellas, para trasladarlas al dique. Un muro que ya, poco a poco, derivaba el agua hacia uno de los costados, mientras subía el nivel sobre la pared de piedras.

Exhausta pero sonriente, Teresa apoyó la mano sobre el hombro de Carmen, mientras trataba de recuperar el resuello.

-¿Pero qué andáis por esos parajes, donde no se acercan ni los lobos? -le preguntó Carmen, sin poder disimular su incomodidad.

-¡Coño! -replicó Teresa, entre molesta y divertida- Lo mismo podía preguntarte yo a ti, que por” aquí bien pocos se acercan, y menos en horas de misa –concluyó.

-De paseo, ya sabes…–dejó en el aire.

-Les había prometido un montón de veces que les ayudarla a levantar un dique en el arroyo…

-Un montón, montón —corroboró  el pequeño Boni, mientras colocaba una piedra sobre la fachada, elevándose levemente sobre el cauce.

-El caso es que los domingos es el único día que podemos hacerlo sin molestar a los hortelanos de abajo. Porque les quitemos  un poquito  de agua no pasa nada. Seguro que Ceferino sube luego y derriba el dique a patadas, pero de momento mis nietos sonríen y yo soy feliz viéndoles así. Qué quieres que te diga –concluyó, encogiéndose de hombros.

-Que como te pille el alguacil no te libras de la multa —-contestó su amiga de infancia.

-Bueno, pasaremos menos tiempo aquí si nos ayudas.

-¡Eso, eso, ayúdanos Carmen! -le rogó Lucía, desde el interior del riachuelo.

-Espera cariño -le pidió su abuela, extendiendo la palma de la mano-. A lo mejor tiene algo que hacer, o ha quedado con alguien.

Carmen, de soslayo, miró hacia ese horizonte tan lejano que significaba el cobertizo de pastoreo, que se ocultaba entre la cercana maleza Negó con la cabeza, triste y derrotada.

-Venga, vamos allá con ese dique de marras, antes de que llegue alguien y pille a dos viejas con las pantorrillas al aire -asintió, mientras se alzaba las faldas, se recogía los bajos sobre el cinturón, y se metía en el agua

Entre vítores por parte de los niños, que chapoteaban en el arroyo, añadiendo al dique las rocas que las ancianas trasladaban hasta el interior del regato, los minutos pasaron hasta completar una hora, tras la cual la ruda escollera quedó formada. Distaba mucho de ser una construcción sólida, que cercenara por completo el paso del agua, pero sí que resultaba lo suficientemente robusto como para frenar la mayor parte y que, chocando sobre él, el agua formara la piscina mansa. El agua que se filtraba entre las piedras, huía en un cauce mucho menor que el que se estrellaba contra la desigual pared de piedra

Los niños miraban orgullosos, ya desde la orilla, con la ropa chorreando, como algunos peces nadaban con tranquilidad  alrededor del agua retenida.

-¡Lo hemos conseguido, es Wl dique genial! -se congratuló Sofia.

-¡Es el mejor del mundo!–corroboró su hermano.

Carmen, aún con el resuello justo como para no dejarse caer sobre el suelo, se aferraba con ambas manos al bastón. Mientras Teresa, igual de anciana pero menos achacosa, le sonreía pizpireta.

-No te sofoques, Carmen. Que la obra ya está concluida, una maravilla, según dicen mis nietos.

-Es curioso -respondió lacónica, Carmen.

-¿El qué?

-Que me había acercado hasta este lugar para derribar un muro, y he acabado levantando un dique -respondió con voz queda.

Los niños, una vez concluida la edificación que retenía el curso del arroyo, habían decidido que contemplarlo desde la orilla era demasiado tedioso, y corrían lejos, entre los arbustos, alterando la vida apacible y bucólica de las ardillas, los noctámbulos búhos y cualquier ser vivo del bosquecillo. Teresa atrapó con ternura la barbilla de Carmen con los dedos pulgar e índice, y acercó con lentitud sus labios a los de su amiga, besándola con tal suavidad que más bien fue una caricia entre ambos labios.

-El domingo que viene no fallaré, te lo juro -le prometió Teresa, con telarañas en la mi­ rada-. Se lo había prometido un sinfin de veces. Y si hemos venido a este punto del arroyo era para encontrarte. Si ya es duro pasar una semana sin uno de nuestros encuentros, más aún lo sería sin poder darte, siquiera un beso. Pero te juro que la semana que viene no fallaré.

Carmen, con un sinnúmero de lágrimas abarquillándole los párpados, asintió en silencio. Teresa acercó sus labios a los de su amante, pero en ese instante se escuchó gritar a Boni, que juraba haber encerrado un dinosaurio entre la corteza de un árbol, y los labios de Teresa detuvieron su avance.

–Casi mejor que te vayas, o ese dinosaurio es capaz de dejarte sin nietos.

-Bisnietos en realidad -replicó Teresa, sonriendo, mientras se alejaba de ella, dejándole el surco de una última caricia, ardiéndole en las mejillas-. La semana que viene, el domingo que viene -dejó flotando en el aire.

Carmen continuó un rato más allí, hasta que dejó de escuchar el alocado parloteo de Boni y Lucía, los bisnietos de la amiga que había trascendido de esa condición, ya cuando ambas eran unas ancianas, y al fin comprendieron lo que de jóvenes tanto les asustó. Un temor que les hizo entregarse a quienes otros decían que debí negando a sus latidos el sentido que les imploraban, a sus manos el deseo de acariciarse como habían estado cerca de hacer un atardecer en la cuadra de don Ramiro, de besarse como llegaron a hacerlo, un segundo antes de salir huyendo, uno para cada lado, hasta volver a encontrarse en una vieja caseta de pastoreo muchas décadas después.

Sin pensarlo un solo instante, Carmen se introdujo en el arroyo y la emprendió a golpes con el dique, mientras las lágrimas que habían acumulado sin piedad sus párpados se derramaban, confundiéndose en su rostro con el agua que salpicaban las rocas al caer. Patadas, empellones y golpes con el bastón; cualquier acción era buena si le servía para liberar el agua retenida, para echar abajo el dique, para quebrar aquella contención artificial, como la que había retenido la pasión de ambas mujeres cuando aún tenían toda la vida por delante.

Después, con las faldas goteando y las meji1las encendidas, regresó a casa con desgana y ceniza en el corazón. Aletargando una pasión, que al igual que el agua de aquel arroyo, parecía estar contenida de forma antinatural. Tan sólo deseaba, o más bien anhelaba, que el siguiente domingo Teresa cumpliera su promesa y fuera ella quien derribara el dique a besos. abrazos, caricias…amor al fin y al cabo. Porque bien cierto era que su amor era furtivo, clandestino, pero no antinatural; porque ningún amor debería serlo. Ellas habían tardado toda una vida en comprenderlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: