El matrimonio de piedra

(Manuel Bretón de los Herreros)

Es la Rioja una de las comarcas más bellas, más pobladas y más fértiles de España: así, némine discrepante, lo propalan los de la tierra y lo confiesan los forasteros; y aún sería más celebrada si mejor fuese conocida. Poco dados al comercio sus moradores; no muy floreciente allí la industria, limitada a los oficios mecánicos de primera necesidad y a la fabricación de paños ordinarios en Ezcaray y otros puntos; mal dotada de caminos carreteros y en pésimo estado generalmente aun (47) los de herradura; distante de la costa cantábrica veinte leguas por donde menos se aleja de ella, y mediando cincuenta hasta Madrid desde su confín oriental, que es el más cercano a la metrópoli de las Españas, no es de admirar si tibiamente excita la curiosidad de los viajeros.

Fuera de los cortos destacamentos de tropa a que ofrece tránsito su escasa importancia militar, aun los pocos viandantes que suelen visitarla lo hacen a despecho suyo, anhelosos de aliviar sus dolencias con las aguas minerales de que, para ser en todo abundante aquel privilegiado suelo, le ha dotado la naturaleza.

Amén de lo dicho, contentos los riojanos con su modesto bienestar (por no acusarlos de desidiosos en demasía),  agricultores los más, pastores otros, o tejedores, o molenderos de chocolate, o arrieros cuyas expediciones apenas traspasan los límites de la provincia, son muy apegados a sus costumbres casi primitivas, y como no sea para ir al mercado próximo, a tal cual fiesta de pueblos comarcanos, o a algún partido de pelota, ejercicio en que rivalizan con navarros y vizcaínos, no se apresuran a gastar la poca plata de que disponen en busca de placeres que no envidian y comodidades que no conocen.

La propiedad está allí muy dividida: aun entre los jornaleros, menos numerosos en la provincia de Logroño que en otras, hay muchos que cultivan, propio o arrendado, ya un pedazo de huerta, ya un majuelo, y en todo el país, principalmente en la Rioja baja, son muy contados los que pueden llamarse pobres de solemnidad.

No tan viciosa y apacible la sierra de Cameros, incorporada en parte a la Rioja desde la última división territorial, sus habitantes son algo más aventurados y aventureros, y (cosa que a los ribereños del Ebro, del Alhama o del Iregua parecería empresa de argonautas) se atreven a peregrinar adolescentes hasta la heroica villa del oso y el madroño, donde, por lo avisados y fieles que son a toda prueba, los reciben a dos manos para horteras todo género de mercaderes. [530]

Nacido yo en aquel paraíso castellano, que así puede calificarse, no llevaré, sin embargo, mi entusiasmo filial hasta el punto de considerarlo superior en fertilidad, riqueza y hermosura a los cármenes de Granada, a los bancales de Murcia ni a los vergeles de Valencia. No pediré, como lo hizo algún paisano mío, la filiación de mis abuelos a los archivos de Persia, por más que en las huertas de mi pueblo maduren con infinita y gustosa variedad melocotones y albérchigos, que diz vinieron de la patria de Darío; ni cuando en la Rioja hay un río Oja, que sencilla y naturalmente ha dado nombre al territorio, me hilaré los sesos y cegaré en los archivos para cerciorarme de si en efecto un tal Oca, hijo de aquel nada glorioso monarca, de tan lejas tierras vino a sacar de pila a mi departamento.

Antes el nombre de Celtiberia con que toda aquella parte de Castilla y mucha de Navarra y Aragón vienen de mucho tiempo atrás nombradas y descritas, autoriza a creer, y vetustos monumentos lo atestiguan, que los celtas, y no otros, fueron los que primero por buenas o por malas se unieron y mezclaron con los indígenas.

No es tan obvia ciertamente la etimología de mi villa natal, cuya fundación se pierde, como suele decirse, en la noche de los siglos; y quien lo dude que vaya a verla: ella misma está dando fe de su fabulosa antigüedad, y tanto que el Cierzo, mucho antes de las guerras púnicas, hubiera hecho con ella lo que Escipión con Cartago, a no haberla amparado tanto por aquel cuadrante la previsora industria de sus pobladores. Verdad es que, ni Tito Livio, ni Estrabón, ni Silio Itálico, ni Pomponio Mela, ni el itinerario de Antonino hacen mención de la especie de pronombre que le da nombre.

Quel (ya es tiempo de decirlo), Quel se llama el lugar de mi nacimiento, digno en verdad de ser distinguido con menos ruin vocablo, como pronto lo veremos. Es un gusto ser natural de un pueblo polisílabo: se llena uno la boca con su nombre, y todo el mundo queda enterado cuando un quídam dice, por ejemplo, soy de Casarabonela o de Medinasidonia.

Pero pregunte usted a un quelense de dónde es; responderá de Quel, y si de intento no pronuncia con fuerza la ele, creyendo el preguntante que el preguntado es sordo o no le ha comprendido, replicará «que de qué pueblo es usted»; y para que al fin lo sepa, será preciso deletrearle el nombre o dársele por escrito.

Documentos fehacientes del décimo siglo de nuestra era, que ya, dicho sea de paso, confirman de razonablemente antigua a mi parroquia, la intitulan Kelle y en otros se lee Kell. ¿Vendría a morar en ella alguna colonia de hijos del Rin, a cuya orilla hay una aldea llamada Kehl, y ha habido hasta hace pocos años una fortaleza del mismo nombre?

¿Se avecindarían en la Rioja algunos emigrados de Kells, ciudad de Irlanda, o gentes de las playas del Báltico, donde se alza (y el almirante Napier no me dejará mentir) el puerto de Kiel? Averígüelo Vargas, y con él los lingüistas y los anticuarios; y por si les hace al caso para tan interesantes investigaciones, les aviso que no muy remoto de aquellos andurriales paga líquidos pechos [531] al Ebro caudaloso el sobrio río Queiles.

No es este, sin embargo, el queda fruto a los camuesos de mi lugar, sino el próvido Cidacos, que de una de las próximas montañas baja por Enciso a Arnedillo y amenizando después los términos de Herce, Arnedo, Quel, Autol y Calahorra, desagua también en el Ebro muy cerca de esta celebérrima ciudad.

Cidacos suena como a nombre griego, al paso que el de Quel o Kelle a esclavón o teutónico, y Calahorra, o sea Calagurris, que dista de mi campanario tres leguas cortas, pertenece a un lenguaje que dio muchos quebraderos de cabeza a los sabios numismáticos Agustín, Flórez y otros, sin que hasta ahora hayamos aprendido siquiera su alfabeto: nuevas dificultades para inquirir los venerandos orígenes de aquel nobilísimo solar.

Pero ¿y el Matrimonio de piedra?, dirá el curioso lector. Pesado va siendo ya como ella el artículo, y aún no nos ha dicho usted jota del prometido consorcio.- Un poco de paciencia; que todo se andará, y se me habrá de permitir todavía que, como preliminar necesario, brevemente describa mi susodicho pueblo y sus alegres contornos.

La villa… Rectifico: las villas de Quel; que hasta poco ha fueron dos en una (la de suso y la de yuso, cada cual con su jurisdicción correspondiente) constituyen una población de unas dos mil almas, tendida, no muy cómodamente que digamos, a la falda de una robusta peña de duro granito, que situada al Norte, se eleva perpendicular hasta ciento veinte varas, y en cuya cima, caprichosamente festoneada, señoreaba la llanura un castillo, o más bien atalaya de romanos, de la cual sólo quedan ya destartaladas y pobres ruinas, por haberse empleado sus materiales con la evidente utilidad de que en breve haremos mención.

Esta peña, o porque así la crió Dios, o por la acción del tiempo y los elementos, o por las manos del hombre, pierde, no se sabe desde cuándo, la mayor parte de su altura a Levante y a Poniente donde concluyen las casas, sirviendo a varias de pared posterior, y aun de cocina y dormitorios a algunas, y continuando luego a derecha e izquierda, va decreciendo hasta igualarse con el llano en Arnedo y en Autol, como por el Norte con el que conduce a Calahorra. Delante; esto es, al Mediodía, y a unos cuatrocientos pasos del caserío (no de los peores de Castilla) corre por entre huertas exuberantes de sabrosas hortalizas, ricas legumbres y regaladas frutas el Cidacos, cuyo álveo, sin defensa alguna natural ni artificial, se ensancha más de lo que convendría a aquellos honrados labriegos, castigados por frecuentes avenidas.

Al margen opuesto hay otra peña paralela a la ya citada; no tan alta, pero más tratable, y tanto, que fácilmente y a poca costa han podido labrarse en ella sobre trescientas bodegas, número casi igual al de los vecinos, y algunas muy espaciosas. Tal es la cosecha de vino recogida en una vasta llanura a espaldas de las bodegas, que para ella ha sido necesario fundar una nueva población; y es de notar que bastando al culto del Salvador una mediana iglesia, con el apéndice de una triste ermita en el campo, Baco tiene allí más templos que tuvo en Grecia. Para visitar estos dionisiacos [532] adoratorios, cosa que a muchos y muy a menudo acontece, se trepa por una cuesta, no de largo camino, pero digna rival en lo arma y pedregosa y resbaladiza de las que escalan el Pirineo o las Alpujarras; y si es de admirar que ni hombres ni animales se despeñen a la subida, el no precipitarse a la bajada (por razones que no se ocultarán al discreto lector) téngolo por maravillosa maravilla.

Para el paso del río, que de ordinario lleva poco caudal, y este mermado por los molinos y por el riego, sobran en las tres cuartas partes del año cuatro maderos sobre otras tantas estacas y encima algunas espuertas de tierra; pero a lo mejor se le hinchan las narices al buen Cidacos, como a otros más humildes, y entonces hay que atravesarle a nado, o andar media legua larga para salvarle por el puente de Arnedo o el de Autol; y aun sin que aluviones o temporales le desborden, como el cauce es tan ancho, o por mejor decir, no tiene ninguno, varía de curso a su antojo dejando en seco el puente afanosamente construido, o se divide en tres o cuatro ramales, y no hay medio de sujetar a niño tan travieso e indisciplinado. Así pues, el puente y el río parece que se divierten en jugar al escondite. Para reconciliar a este matrimonio mal avenido (todavía no es el de piedra) se trabajó hace cosa de seis lustros en ahondar un poco lo que se quiso que fuese madre de aquel hijo extraviado, se hicieron otras obras hidráulicas tan menguadas como los propios y arbitrios de la villa, y por último se emprendió la hercúlea, la titánica de deshacer el castillo para hacer con sus sillares un puente, que en firmeza y solidez iba a dejar muy zaguero al famoso de Alcántara a juicio del ayuntamiento y prohombres del vecindario; pero como no tenía muros ni malecones en que apoyarse, la primera tempestad se lo llevó, y nos quedamos sin puente ni castillo. Rebajada la peña grande a la salida del pueblo, río abajo, pero riscosa, escarpada y extravagante, presenta grotescas sinuosidades donde anidan multitud de pájaros nocturnos, y figuras tan extrañas como las que forman a veces las nubes; pero las más singulares son dos peñascos casi contiguos, el uno como de diez varas y el otro como de ocho de elevación, que a pocos pasos del camino de Autol, y ya en término de esta villa, suspenden y asombran al caminante, porque a cierta distancia ofrecen la más perfecta semejanza con dos enormes gigantes, hembra y varón, o si se quiere, marido y mujer. Aun acercándose mucho a ellos no se pierde por completo la ilusión; que si ya no aparecen distintamente dibujados los miembros, sorprende todavía lo mucho que se aproximan en su conjunto a la estructura humana aquellas colosales estatuas, capaces de poner horrible espanto aun en ánimos esforzados, como ya ha sucedido, cuando, sin previa noticia de este no común fenómeno, son vistas por primera vez, sobre todo a la luz de los crepúsculos.

Ahora bien, a estos dos pasmarotes llaman los del país el Picuezo y la Picueza, y yo con la autoridad de Publio Ovidio Nasón y el beneplácito del Sr. D. Aureliano Fernández Guerra y otros buenos amigos que me han contagiado en la inocente afición a la literatura metamorfósica, [533] he dado en llamar a esta pareja perdurable El Matrimonio de Piedra.

Bien sé que los doctos (aunque pudieran muy bien dar una en el clavo y ciento en la herradura) explicarían con más verosimilitud este doble accidente pétreo acudiendo a las leyes de la naturaleza, que yo engolfándome en los portentos de la fábula, o dando nimio crédito a consejas tradicionales.

En la misma peña que abriga a mi pueblo se ven desde puntos determinados otras inauditas curiosidades: por ejemplo, la que llaman el anteojo, y es un taladro natural que por uno de los extremos de la roca deja ver la luz del cielo; y más al centro, un fraile hecho y derecho con su capucha y todo. ¡Digo; me parece que esta visión no deja de ser pieza curiosa en la España de 1855! Sin duda la misma peña en cuestión, y la de enfrente, y las que sirven a Autol de cimiento y embarazo, y mis dos casados inseparables, y las demás particularidades que he apuntado, sin otras muchas que omito, prueban que, en siglos a que no alcanzan los más antiguos anales, trastornó aquel pintoresco territorio alguno de los formidables cataclismos con que de tarde en tarde muestra Jehová al orbe pecador su poder inmenso y su cólera tremenda. ¿Fue un terremoto que abrió profundas simas, cegó acá e hizo brotar allá copiosos manantiales, dividió montes y vomitó volcanes?

Las condiciones geológicas de aquel distrito; las aguas termales de Arnedillo, a tres leguas de Quel, que en fuerza, en abundancia y en virtudes medicinales no son inferiores a las más afamadas de su clase en otras naciones; las de Cervera de río Alhama; las de Fitero, que sólo distan de aquellas una jornada de recua, y las sulfurosas de Grávalos (la antigua Gracurris), no menos salutíferas en su línea, y también muy cercanas a las referidas villas de suso y yuso; y en fin, la misma feracidad del terreno, atestiguan que sus entrañas abundan en materias inflamables, y vivos están muchos de mis paisanos que sufrieron mortales angustias y lloraron catástrofes suyas o ajenas en los repetidos y destructores terremotos que en 1817 afligieron a los pueblos de aquella ribera.

Pudieron pues otras más serias trepidaciones y pronunciamientos subterráneos, aunque lo callen las crónicas, variar esencialmente la superficie de aquel átomo del globo sublunar, y convertirse en fértiles llanuras los que antes fueran últimos estribos de la inmediata sierra de Yerga, y quizá nacer entonces o variar de derrotero el pimentífero Cidacos; tal vez la lava de olvidados Vesubios asoló por de pronto y benefició después el espacio que media entre la peña de Quel y la más eminente, pero estéril y fría, de Isasa; acaso fueron riscosos breñales los que hoy plácidos viñedos y pingües olivares, y puede, en fin, que la agitada y revuelta naturaleza abortase los dos amartelados consortes, cuya modestia no sospechará siquiera este mi tributo de cariño y veneración. Hay empero (con permiso de los geólogos) otra tradición, o si más place, otro mito, que atribuye al diluvio universal (según la Biblia en el concepto de algunos peritos, y en el de otros según Hesíodo) la transformación de mi país y la metamorfosis del Picuezo y la Picueza. [534]

En una conferencia que (visitando por última vez mi hogar paterno) tuve con el dómine de Préjano y el sacristán de Turruncún, ambos muy versados en historia y arqueología, convinieron los dos en que los consabidos cónyuges vivieron en carne humana y santamente cohabitaron antes de su secular petrificación, si bien ni uno ni otro anticuario habían podido rastrear todavía sus nombres verdaderos, porque los de Picuezo y Picueza, poco adaptables a su justa celebridad, son evidentemente apodos con que hoy los designa la ignara plebe. También estuvieron conformes dómine y sacristán en que mis héroes no debieron de ser antediluvianos, porque ni pertenecieron a la familia de Noé, ni constan empadronados entre los contemporáneos de Prometeo; pero a pie juntillas afirmaron que en época no muy posterior a cualquiera de los dos diluvios (el ortodoxo y el gentil) nacieron y vivieron, no sé cuántas centurias de años, para ser raro ejemplo de buenos casados. Añadían que, de puro firmes en su ternura conyugal, llegaron a petrificarse, por permisión del único Dios verdadero según el sacristán, o por decreto de Júpiter y comparsa en opinión del dómine, convirtiéndose en estatuas para perpetuar en los siglos venideros la memoria de matrimonio tan compacto.

Citaban además uno y otro erudito en apoyo de su doctrina personajes en quienes se operaron transformaciones más o menos análogas; a Atlante, Encélado y Niobe, el pedante de Préjano, y el chupalámparas de Turruncún a la mujer de Lot y al Convidado de piedra. Yo les di la razón, tan fidedignas y luminosas eran las que aducían, aunque a fuer de aspirante a poeta me inclinaba más a la versión del pedagogo; y aun aventuré tímidamente mi parecer de que los sempiternos esposos pudieron ser aquel Filemón y aquella Baucis, cuya hospitalidad fue tan grata a Jove y a Mercurio, como a Himeneo su recíproca e impermeable fidelidad. Al pronto acogió mi idea con entusiasmo el insigne preceptor; pero luego la desechó recordando que sólo nos representa la mitología a aquellos ejemplares huéspedes surcados de arrugas y agobiados por la vejez, mientras los colosos de Autol dan indicios de la más lozana juventud.

«Pero ¡pecador de mí! continuó, ¿a qué colgar el milagro a aquellas dos míseras senectudes cuando la propia teogonía pagana claramente nos indica… Sí, sí, el Picuezo y la Picueza fueron los mismitos Pirra y Deucalión, jóvenes desposados que merecieron ser únicos sobrenadantes y sobrevivientes en aquella universal inundación. Consta que por mandato de los dioses repoblaron el mundo convirtiendo las piedras en hombres y mujeres, y por un viceversa muy lógico y hacedero, ellos, sin duda, terminada su fatigosa tarea, se metamorfosearon de hombre y mujer en piedra macho y piedra hembra, con el doble objeto de erigirse en monumentos de sí mismos, y de ser un recuerdo vivo, digámoslo así, de aquella prodigiosa transmutación, por más que a mí me duela y sonroje el confesar que soy de origen berroqueño.» Me convenció la ingeniosa explicación del gramático, y con ella y bajo [535] su responsabilidad y la del respetable funcionario de Turruncún, comunico a mis lectores esta noticia, no menos auténtica que muchas de las que circulan sin contradicción, para que sepa el que lo ignore que no anda tan perdida y asendereada como se cree la cofradía de San Marcos, pues aún existe un matrimonio modelo de amor y concordia; aunque no respondo yo de que lo fuera conservando su primitiva naturaleza.

Consta además (y bueno es decirlo todo) que Picuezo y su mujer, o sean Deucalión y Pirra, no han conocido suegros, cuñados ni primos, ni asistido a ninguna de las muchas comedias del teatro moderno que a porfía han declarado encarnizada guerra al séptimo sacramento.

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